CRÍTICA DE ENSAYO
Insurgentes. Intelectuales frente al poder.
Autor:
César Antonio Molina.
Editorial:
Erasmus.
Páginas
247.
Año:2025.
Aristóteles
tuvo que huir de Atenas para no correr la misma suerte que Sócrates. Dante
murió en el exilio. Hölderlin acabó sus días recluido en una torre a orillas
del Neckar. Orwell escupió sangre en las trincheras españolas y luego tuvo que
pelear contra sus propios aliados para publicar lo que sabía. La lista es larga
y no mejora con el tiempo: Navalni murió en una prisión ártica en 2024. César
Antonio Molina ha reunido a más de treinta de estos hombres y mujeres dejando
una pregunta que cuesta responder: ¿por qué el pensamiento libre sigue siendo,
en cualquier época, una forma de peligro?
Molina
lleva décadas orbitando alrededor de este problema como alguien que ha cruzado
las líneas: poeta de vocación, gestor cultural, director del Instituto
Cervantes, ministro de Cultura entre 2007 y 2009. Esa doble ciudadanía —en el
mundo de las ideas y en el de las decisiones— le imprime una autoridad
particular para hablar de la fricción entre cultura y poder. No especula desde
la distancia. Ha estado en las dos orillas.
El
libro convoca a más de treinta figuras, El recorrido arranca en Aristóteles y
llega hasta Navalni. Entre medias, Dante y su destierro florentino, Hölderlin y
su locura como resistencia involuntaria, Hannah Arendt pensando el
totalitarismo desde el exilio neoyorquino, María Zambrano escribiendo desde La
Habana o Roma lo que no podía escribir desde Madrid. También Orwell, que tuvo
la lucidez y la osadía de nombrar el estalinismo como lo que era aun cuando
hacerlo le costaba aliados. También están Steiner, Rushdie, Kertész, Mamet. Una galería que obedece a
la negativa a callar cuando hacerlo era lo conveniente.
La
estructura del libro tiene algo de galería de retratos, pero Molina no se
limita a acumular vidas ilustres. Lo que le interesa es la contradicción y se huye de la hagiografía. Sus insurgentes no son héroes sin fisuras: algunos
colaboraron antes de resistir, otros resistieron en un frente y claudicaron en
otro. Esa honestidad hace que el libro respire. La insurgencia no es aquí un
título que se otorga por méritos abstractos, sino una tensión que se vive, se
pierde, se recupera. Y a veces se paga con el exilio, la cárcel o la muerte.
Leer
Insurgentes provoca el deseo de ir a las fuentes. Quien llegue a estas
páginas sin haber leído La condición humana de Arendt sentirá el impulso
de hacerlo. Quien conozca a Hölderlin solo de oídas querrá volver a sus himnos.
Quien haya pasado de largo ante los diarios de Kertész encontrará aquí un
motivo para detenerse. Molina es un lector prodigioso —lleva décadas demostrándolo—
y en este libro su erudición no aplasta sino que señala. Cada retrato funciona
como una invitación.
Hay
en el ensayo una pregunta que nunca se formula explícitamente pero que está presente: ¿qué significa ser libre en un mundo que siempre ofrece alguna
forma de comodidad a cambio de silencio? La pregunta no es solo histórica. La
tentación de la que habla Molina no ha desaparecido. Se ha sofisticado. Los
poderes contemporáneos no siempre persiguen abiertamente: a veces simplemente
ignoran, desfinancian, marginan o compran. La insurgencia de nuestros días
necesita quizás otras formas, pero la misma sustancia de la que habla este
libro: la capacidad de decir lo que se piensa cuando lo que se piensa es
"molesto".
El
tono del ensayo merece mención aparte. Molina escribe como quien lleva mucho
tiempo pensando en voz alta: con precisión, sin sequedad académica. La pasión empleada no llega al exceso. Hay momentos en que la prosa se
carga de algo cercano a la elegía —cuando habla de los exiliados, de los
silenciados, de los que murieron antes de ver reconocida su obra— y momentos en
que se afila y se vuelve casi polémico. Es esa variación de temperatura lo que
mantiene el libro vivo de principio a fin.
Insurgentes no es un libro cómodo. Tampoco pretende
serlo. Es un recordatorio de que la relación entre el pensamiento y el poder
siempre ha sido conflictiva y probablemente siempre lo será, y de que esa
conflictividad no es un defecto del sistema sino su condición más honesta. El
libro sugiere que la relación entre pensamiento y poder nunca se resuelve del
todo. Algunos intentaron convivir con ambos mundos. Otros eligieron uno de los
dos. Ninguna de esas decisiones salió gratis. Una apuesta sólida.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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