CRÍTICA
LITERARIA.
Marcel Cerdan. El
corazón y los guantes (Bertrand Galic -Jandro. Norma editorial.
2026. 100 páginas).
Marcel Cerdan no sabía hacer las cosas a medias. Boxeaba hasta romperse. Amaba hasta perderse. Antes de cada combate murmuraba el nombre de su madre, muerta cuando él tenía diecinueve años, como si ella pudiera todavía escucharle desde algún sitio. Ese hombre — no el campeón, el hombre — es el que Bertrand Galic y el dibujante Jandro han intentado rescatar en el primer álbum de cómic dedicado a una de las figuras más extraordinarias del deporte europeo del siglo XX. Que no existiera es, en sí mismo, una anomalía incomprensible.
Francia
ha convertido en cómic a De Gaulle, a Camus, a sus grandes futbolistas. Cerdan,
campeón del mundo de los pesos medios en 1948, símbolo de la resistencia
antifascista, amante de Edith Piaf, muerto a los treinta y tres años en un
accidente de aviación sobre las Azores, permanecía en ese limbo extraño
reservado a los iconos que todo el mundo reconoce y nadie conoce de verdad.
Galic, profesor de historia y guionista con oficio, se preguntó por qué y
decidió corregirlo.
Su apuesta es clara desde el principio: retratar a Marcel antes que a Cerdan, al hombre antes que al campeón. Se nota que en el proceso de documentación encontró el centro de gravedad de la historia en la relación con su madre. Assomption Cerdan murió cuando Marcel tenía diecinueve años y algo en él se quedó anclado ahí para siempre. Jandro dibuja esos momentos sin subrayarlos y es un acierto.
Lo
que el cómic no termina de resolver es la figura del padre. Antonio Cerdan —
organizador de veladas de boxeo amateur en Marruecos, primer representante de
su hijo, hombre que convirtió la vocación ajena en proyecto propio — es uno de
los personajes más ricos del relato y uno de los menos desarrollados. Hay algo
en su sombra que recuerda al padre de Andre Agassi en Open: la obsesión
transmitida como herencia no pedida, el amor que solo sabe expresarse como
exigencia. El cómic lo roza pero no se queda. Se intuye que ahí había algo más
oscuro y más verdadero esperando.
Es
la limitación estructural del libro. Contar una vida como la de Cerdan en cien
páginas obliga a sacrificios que no siempre se resuelven con elegancia. Los
combates pasan demasiado rápido. La evolución táctica de un boxeador que llegó
a Nueva York siendo un desconocido y se fue campeón del mundo queda apenas
sugerida. La vida paralela — la familia en Casablanca, los hijos, la doble
existencia íntima que mantuvo durante años — aparece mencionada pero no
habitada. Y figuras que habrían dado profundidad de época, como Django
Reinhardt, no pasan de ser decorado.La relación con Piaf sufre el mismo
problema. Una historia con la intensidad de una novela queda reducida a telón
de fondo, cuando podría haber sido, en la segunda mitad del álbum, su verdadero
motor.
Lo
que salva al libro de sus propias limitaciones, además de los momentos de
verdad emocional que sí logra, es el trabajo de Jandro. Su paleta — austera,
cálida, con predominio de negros y ocres — sitúa al lector entre los años
treinta y cuarenta sin necesidad de efectismos.
Queda,
flotando sobre todo el volumen es la sombra de lo que no pudo ser. La lesión en el
hombro en el primer asalto contra LaMotta, el abandono en el décimo round, la
revancha preparada con una determinación casi febril y cancelada cuatro días
antes, broma cruel del destino o maniobra, nunca se supo. El vuelo a Nueva York
para reunirse con Piaf. El avión que no llegó. Cerdan murió persiguiendo lo que
le habían quitado. Esa entrega sin matices, esa incapacidad para hacer las
cosas a medias, fue lo que lo hizo grande. Y también lo que lo mató.
Marcel
Cerdan. El corazón y los guantes, no es el retrato definitivo que este
hombre todavía espera, pero es el primero. En él hay verdad y suficiente trazo
como para constatar que merecía más páginas y más tiempo.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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