MEL BROOKS EN MÍ

 

ARTÍCULO DE OPINIÓN

El pasado 28 de junio de 2026, Mel Brooks cumplió cien años. Nacido como Melvin James Kaminsky en Brooklyn, el hombre que convirtió la sátira y el disparate en una forma de arte sigue, a una edad casi inverosímil, vinculado a nuevos proyectos. Se podría celebrar este centenario repasando Los productores (1967), recordando Superagente 86 (1965-1970) o reivindicando Sillas de montar calientes (1974). Sin embargo, cuando pienso en Brooks siempre acabo regresando a dos películas muy distintas entre sí. Una me hizo descubrir que no solo existían Charlot, Los hermanos Marx y Woody Allen para crear comedias inteligentes sin dejar de ser delirantes y la otra me abrió la puerta al cine de David Cronenberg. Durante años, ni siquiera supe que Brooks había sido decisivo para que existiera.

El jovencito Frankenstein, escrita junto a Gene Wilder —que le propuso el proyecto a Brooks mientras rodaban Sillas de montar calientes—, sigue siendo una de las comedias más extraordinarias que ha dado el cine. Lo admirable no es solo que haga reír. Es que nunca trata el disparate como un simple desfile de chistes.

Frederick Frankenstein insiste en pronunciar su apellido de otra manera para marcar distancias con el legado familiar, pero acaba recorriendo el mismo camino que tanto había intentado evitar. Siempre me ha parecido que ahí hay algo profundamente cervantino. Igual que Don Quijote no puede escapar de los libros que lo han formado, Frederick termina aceptando la herencia de la que renegaba. Brooks convierte ese viaje en una comedia, pero debajo del humor hay una lógica impecable y unos personajes que nunca dejan de resultar creíbles.



Además, pertenece a esa rara categoría de películas que terminan formando parte de la vida de quienes las ven. Todavía hoy, entre amigos, basta con imitar el gruñido de Igor para que todos entiendan la referencia. Las bromas de las aldabas, el famoso cerebro de "un recién muerto", la solemnidad absurda con la que se desarrollan muchas escenas... medio siglo después siguen funcionando porque estaban escritas con una precisión extraordinaria. Detrás de cada ocurrencia había un autor que dominaba el ritmo narrativo, sabía construir personajes y entendía que una buena comedia necesita tanta arquitectura como un gran drama.

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi La mosca. La alquilé un viernes en el videoclub Dymar y la vi a la mañana siguiente sin tener muy claro qué iba a encontrarme. Salí fascinado. Fue una de esas películas que, sin proponérselo, cambian la manera de mirar el cine. A partir de entonces empecé a seguir la obra de David Cronenberg con verdadera devoción.

Mucho tiempo después descubrí algo que me sorprendió todavía más: detrás de aquella película estaba Mel Brooks. Para producir El hombre elefante (1980), Brooks creó Brooksfilms con una idea muy sencilla. Sabía que su nombre estaba tan asociado a la comedia que podía perjudicar cualquier proyecto dramático. Si el cartel decía "Mel Brooks presenta", buena parte del público esperaría reírse antes incluso de entrar en la sala. Por eso prefirió separar ambas facetas.

En La mosca intervino desde el desarrollo del proyecto junto a su socio Stuart Cornfeld. Cuando David Cronenberg quedó libre tras abandonar Desafío total, Brooks le ofreció la dirección y aceptó prácticamente todas sus condiciones: podía reescribir el guion, trabajar con su equipo habitual y conservar el control creativo. Después hizo algo todavía más inteligente: decidió quedarse en un segundo plano para que nadie asociara la película con la imagen pública que él había construido durante décadas.

Siempre me ha parecido que ese gesto dice mucho más sobre Mel Brooks que cualquiera de sus premios. No todos los productores son capaces de reconocer que, en ocasiones, la mejor manera de ayudar a una película consiste en no llamar la atención sobre uno mismo. Brooks entendió que su presencia podía convertirse en un obstáculo y tuvo la inteligencia de hacerse a un lado.

Entre el humor desbordante de El jovencito Frankenstein y el horror físico de La mosca parece haber un mundo entero de distancia. Sin embargo, ambas películas hablan del mismo creador. De un hombre capaz de escribir algunos de los diálogos más divertidos de la historia del cine y, al mismo tiempo, de descubrir el talento de otros directores, confiar en ellos y dejarles trabajar con absoluta libertad.

Quizá por eso, cuando pienso en Mel Brooks, no pienso únicamente en alguien que me sigue haciendo reír. Pienso también en un productor que supo desaparecer cuando entendió que esa era la mejor forma de proteger una película. Y sospecho que esa mezcla de talento, inteligencia y ausencia voluntaria explica mejor que ningún premio por qué, cien años después, sigue siendo una figura absolutamente irrepetible.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 

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