CRÍTICA
DE CINE
Pálida luz en las colinas (Kei Ishikawa. Japón. 123 minutos. 2025)
Kazuo
Ishiguro publicó Pálida luz en las colinas en 1982, cuando todavía no
podía saberse hasta qué punto aquella primera novela contenía ya buena parte de
su mundo literario. Allí estaban la memoria poco fiable, la culpa, las familias
incapaces de hablar de lo que verdaderamente importa y esa sospecha, tan suya,
de que recordar consiste también en corregir lo vivido. Llevar todo eso al cine
no era sencillo. Kei Ishikawa ha preferido no trasladar el libro de manera
obediente y ha buscado una película propia, reconocible incluso para quien no
conozca la novela.
La
historia se desarrolla entre dos tiempos. En el Nagasaki de los años cincuenta,
Etsuko espera su primer hijo mientras Japón trata de recomponer una normalidad
todavía frágil. En la Inglaterra de 1982, esa misma mujer, ya mayor, recibe la
visita de Niki, su hija menor, y se dispone a abandonar la casa en la que ha
vivido durante años. No hay una explicación limpia de lo ocurrido entre ambos
momentos. La película entrega fragmentos, recuerdos y conversaciones
incompletas. Poco a poco aparece la duda central: cuánto hay de verdad en lo
que Etsuko cuenta y cuánto ha sido modificado para poder seguir viviendo con
ello.
La
relación entre Etsuko y Niki se sostiene precisamente sobre esa dificultad. Las
dos hablan, pero rara vez llegan al asunto que las ha reunido. La visita parece
cordial y, al mismo tiempo, está atravesada por una incomodidad constante. No
es que no se quieran; quizá el problema sea que no saben cómo hacerlo sin
regresar a aquello que las separó. Ishikawa confía en las pausas y evita
explicar desde fuera lo que sucede entre ellas.
Piotr
Niemyjski es un hábil director de fotografía que distingue los dos tiempos sin
convertir el recurso en una exhibición. El Nagasaki de la posguerra posee una
luz más limpia, casi demasiado hermosa para el mundo que muestra. Esa claridad
no elimina la violencia del pasado, pero sí la vuelve extraña, como ocurre con
ciertos recuerdos que conservan los colores y pierden sus causas. Inglaterra,
en cambio, aparece más desnuda y menos acogedora. La casa de Etsuko parece un
lugar ya abandonado antes incluso de que ella se marche.
La
música de Paweł Mykietyn interviene poco y nunca trata de imponer una emoción.
Su discreción encaja con una película que desconfía de los grandes momentos y
de las confesiones tardías. El dolor no irrumpe de golpe. Está en la duración
de una mirada, en una frase detenida antes de tiempo, en la sensación de que
una conversación importante ha vuelto a aplazarse.
La
película depende en buena medida de sus actrices. Yoh Yoshida interpreta a la
Etsuko adulta sin cargar el personaje de solemnidad. Sus silencios no parecen
diseñados para que el espectador los admire, sino la consecuencia natural de
alguien que lleva demasiado tiempo eligiendo sus palabras. Suzu Hirose, por su
parte, compone a una Etsuko joven todavía incapaz de medir el alcance de sus
decisiones. La serenidad de su rostro no transmite paz. Más bien contiene una
inquietud que la película nunca termina de explicar.
Ishikawa
hace más visible lo que Ishiguro dejaba en una zona incierta. Es inevitable. El
cine convierte los recuerdos en cuerpos, habitaciones, paisajes y rostros
concretos. Allí donde la novela podía mantener una imagen en suspensión, la
película debe mostrarla. Por eso algunos pasajes pierden parte de su ambigüedad
y orientan con mayor claridad la lectura. Los lectores del libro quizá echen de
menos esa sensación de estar avanzando sobre un terreno que podía deshacerse en
cualquier momento.
A
cambio, la adaptación encuentra otra clase de fuerza. La figura de Sachiko deja
de ser únicamente una posibilidad dentro del relato de Etsuko y adquiere una
presencia difícil de olvidar. Sigue abierta la pregunta sobre lo que
representa, sobre cuánto pertenece al pasado y cuánto procede de la necesidad
de Etsuko de narrarse de otra manera. Ishikawa no cierra esa cuestión, aunque
tampoco la lleva tan lejos como la novela.
Pálida
luz en las colinas
funciona mejor cuando deja de intentar resolver el enigma y se concentra en sus
consecuencias. No importa únicamente saber qué ocurrió, sino observar lo que
tantos años de silencio han hecho con Etsuko. La película habla de una mujer
que ha aprendido a convivir con su propia versión del pasado y que, al
encontrarse con su hija, descubre que quizá esa versión ya no basta.
Ishikawa
no ha filmado una ilustración de la novela. Ha construido una película serena, cuidadosa
y capaz de encontrar una emoción propia
en los huecos que Ishiguro dejó abiertos. Al terminar, no queda una respuesta,
sino una mujer que recoge su vida antes de marcharse y una hija -que escribe y mantiene
una relación lacerante y oculta- que trata de entenderla en ese espejo vital.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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