PANDHANDLE: WHISKY CON SABOR A TIERRA.

 

CRÍTICA DE CINE

Panhandle (Lesley Selander , EEUU,1948 85 minutos)

Para mi padre. En recuerdo de aquellas tardes de western y fútbol.

En el western de Lesley Selander todo parece impregnado de polvo: los caminos, las tabernas, los hombres y hasta la idea de justicia. Rodada en 1948 con medios modestos, la película demuestra que un presupuesto ajustado no impide construir un relato sólido. También llama la atención que el guion lleve la firma de un jovencísimo Blake Edwards -también interviene con un pequeño papel-, muchos años antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la comedia con La Pantera Rosa (1963). Aquí ya dejaba ver su habilidad para construir personajes y dosificar la tensión.

Rod Cameron interpreta a John Sands, un pistolero que ha decidido abandonar la violencia. Ha dejado atrás el revólver convencido de que ya ha pagado suficiente por su pasado, pero el asesinato de su hermano le obliga a regresar a un mundo del que nunca terminó de escapar. El punto de partida es reconocible dentro del género, aunque la película evita convertir la venganza en un simple mecanismo narrativo. Sands sabe perfectamente lo que implica volver a empuñar un arma, y esa conciencia da al personaje un peso del que carecen muchos héroes del western de serie B.

La historia incorpora además elementos que enriquecen el conflicto. Los celos alteran y llevan a cierto ímpetu condenatorio, las partidas de cartas sirven como terreno de enfrentamiento con tahúres, y el ajedrez aparece de forma casi simbólica para recordar que aquí las victorias empiezan mucho antes del duelo final. Los personajes calculan, observan y esperan el momento adecuado. En ese sentido, la inteligencia pesa tanto como la puntería.

También se construye con acierto y sin redundancia un clima de amenaza permanente. Ese hombre aislado que entra en un territorio donde la ley depende de quien tenga más hombres a su lado. Selander transmite muy bien esa sensación de vulnerabilidad. El polvo, omnipresente, deja de ser un simple elemento del paisaje para convertirse en parte del ambiente moral de la película. Cameron sostiene esa tensión sin excesos interpretativos. Su contención resulta eficaz y normaliza cualquier acto.

Existen dos versiones de Panhandle: la original en blanco y negro y otra coloreada años después. La segunda puede despertar curiosidad, pero es la fotografía de Harry Neumann en blanco y negro la que mejor encaja con el tono de la historia. Las sombras endurecen los rostros, los contrastes refuerzan la sequedad del paisaje y todo adquiere una aspereza que el color termina diluyendo. En una producción de recursos limitados, la fotografía acaba siendo una de sus mayores virtudes.

El trabajo de Blake Edwards merece una mención especial. Junto a John C. Champion construye un guion muy económico, sin escenas superfluas ni personajes que aparezcan únicamente para ocupar espacio. Los diálogos funcionan porque cada conversación hace avanzar el conflicto o modifica la posición de alguno de los personajes. En varias secuencias, las palabras resultan casi tan peligrosas como las armas. La aparición de esa aparente femme fatale es útil y determinante aunque se trabaje con suavidad. También intervienen mujeres con personalidad y buena puntería que trabajan para que su negocio prospere. Todos estos elementos se entremezclas para que la venganza se articule como necesidad fisiológica aunque se sea consciente de que tras la misma hay asuntos legales que resolver.

Como director, Selander es muy eficaz. Nunca busca llamar la atención sobre su puesta en escena ni convertir cada plano en una exhibición de estilo. Prefiere que la historia avance con naturalidad. Consciente de  cuándo mantener la cámara quieta y de cuándo introducir movimiento. Junto al montaje, administran el ritmo con precisión. Esa aparente sencillez es una de las razones por las que la película sigue funcionando.

Panhandle nunca ocupará el lugar reservado a los grandes títulos del western clásico. No posee la ambición de las obras de John Ford o Howard Hawks, pero tampoco intenta imitarlas. Lo que ofrece es un relato honesto, bien construido y consciente de sus posibilidades. En apenas ochenta minutos desarrolla un conflicto convincente, unos personajes creíbles y un ambiente cautivador.

Al final queda la misma pregunta que atraviesa tantos westerns: si un hombre puede dejar atrás aquello que fue alguna vez -¿Verdad Clint?-. Panhandle responde sin grandes discursos. En el Oeste siempre hay un pasado esperando junto a la siguiente esquina, y a veces basta un disparo para comprender que algunas cuentas nunca terminan de saldarse.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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