ARTÍCULO DE OPINIÓN
Los
Premios Princesa de Asturias de 2026 reúnen nombres de enorme peso y muy pocos
motivos para la controversia. Julian Barnes, Patti Smith, Studio Ghibli,
Timothy Garton Ash o Leo Messi poseen trayectorias que difícilmente necesitan
defensa. El problema es que, precisamente por eso, el palmarés deja una
sensación extraña. Todo resulta razonable. Quizá demasiado razonable.
El
Premio de las Letras para Julian Barnes parece indiscutible. Desde El loro
de Flaubert hasta El sentido de un final, pasando por Arthur
& George, el escritor británico ha construido una de las obras más
sólidas de la literatura europea de las últimas décadas. Ha escrito sobre la
memoria, el arte, el amor, la pérdida y el paso del tiempo con una inteligencia
poco común. Sin embargo, cuesta no ver en este reconocimiento un homenaje de
final de trayecto. Barnes lleva mucho tiempo ocupando un lugar central en las
letras contemporáneas y libros recientes como Despedidas parecen
escritos desde una conciencia muy clara de la edad y de lo que queda atrás. El
premio reconoce una trayectoria extraordinaria, pero llega cuando esa
trayectoria ya forma parte del canon.
Con
Leo Messi ocurre algo distinto. Nadie puede discutir que se trata de uno de los
mayores deportistas de todos los tiempos. Su influencia en el fútbol es inmensa
y probablemente seguirá siéndolo durante décadas. La duda no tiene que ver con
él, sino con el propio galardón. Los Princesa de Asturias han distinguido en
otras ocasiones proyectos deportivos, ejemplos de superación o figuras cuya
aportación trascendía el terreno de juego. Con Messi surge una pregunta
incómoda: ¿qué añade realmente este premio a una figura que ya ha recibido
todos los reconocimientos imaginables? No parece un galardón que descubra una
trayectoria ni que ilumine una aportación poco conocida. Más bien da la
impresión de que el jurado ha querido asegurarse un nombre universalmente
admirado. El problema es que los Premios Princesa de Asturias suelen resultar
más interesantes cuando señalan algo que todavía necesita ser reivindicado.
Patti
Smith aporta algo diferente. Su nombre remite a la música, pero también a la
poesía, la fotografía, la escritura autobiográfica y una determinada forma de
entender la creación artística. A diferencia de otros premiados, su figura
sigue generando la impresión de pertenecer al presente. No es únicamente una
leyenda cultural. Sigue siendo una autora activa, curiosa y capaz de dialogar
con generaciones muy distintas. El premio parece especialmente acertado porque
recuerda la amplitud de una obra que muchas veces queda reducida a su dimensión
musical.
Entre
las decisiones del jurado, una de las más felices es la de Studio Ghibli. Las
películas de Hayao Miyazaki e Isao Takahata forman parte de la educación
sentimental de millones de espectadores. Mi vecino Totoro, La
princesa Mononoke, La tumba de las luciérnagas o El viaje de
Chihiro han demostrado que la animación puede alcanzar la misma profundidad
emocional y artística que cualquier otra forma de cine. Más que un premio a un
estudio, parece un reconocimiento a una manera de mirar el mundo.
Menos
conocido para el gran público será el premio de Investigación Científica y
Técnica concedido a David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer.
Sin embargo, pocas decisiones tienen tanta repercusión real sobre la vida
cotidiana. Sus contribuciones a la secuenciación genética han cambiado la
investigación biomédica y abierto caminos decisivos para el diagnóstico y el
tratamiento de enfermedades. Es uno de esos casos en los que el premio cumple
una función esencial: acercar al público trabajos fundamentales que rara vez
ocupan titulares.
Algo
parecido sucede con la Bóveda Global de Semillas de Svalbard. No tiene el
atractivo mediático de otros galardonados, pero quizá sea una de las elecciones
más oportunas. En una época marcada por la preocupación medioambiental y por la
fragilidad de los sistemas alimentarios, reconocer un proyecto dedicado a
preservar la diversidad genética de los cultivos resulta difícilmente
discutible. Es una decisión que mira hacia el futuro y que recuerda que
conservar también es una forma de actuar.
La
elección de Timothy Garton Ash encaja igualmente en la tradición de estos
premios. Historiador, ensayista y observador atento de la evolución política
europea desde la caída del bloque soviético, ha dedicado buena parte de su obra
a reflexionar sobre la libertad, la democracia y los desafíos que afrontan las
sociedades abiertas. No es una elección sorprendente, pero sí una de esas
decisiones que el tiempo suele confirmar.
Conviene
recordar que los grandes premios culturales no solo sirven para reconocer
méritos consolidados. También pueden señalar caminos, abrir debates y descubrir
figuras que todavía no ocupan el centro de la conversación pública. Los
Princesa de Asturias siguen distinguiendo la excelencia; este año, sin embargo,
han preferido reconocer lo indiscutible antes que arriesgarse a señalar lo que
vendrá después.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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