CRÍTICA DE CINE
Un poeta (Simón Mesa Soto. Colombia, 2025.
120 min.)
UN
POETA: SEGUIR SIN MÁS RAZÓN QUE SEGUIR
Un poeta. Dir.: Simón Mesa Soto. Colombia, 2025.
120 min.
A mis amigas Vivis y Angélica Sofía.
La
primera imagen ya contiene todo. No hace falta saber de dónde viene Óscar
Restrepo ni cómo llegó hasta aquí. La película de Simón Mesa Soto comienza in
media res, como la vida cuando uno la mira de frente: sin prólogo ni
justificación. Un hombre escribe, bebe, deambula. Habla de poesía como si aún
ocupara un lugar en el mundo. Pero ese mundo no responde. Y la cámara, que
observa desde lejos y no interviene.
Un
poeta es una película
que se repliega. No hay giro decisivo ni caída dramática. Lo que hay es
acumulación: capas de desgaste que se depositan sobre el personaje sin que él,
ni el espectador puedan señalar exactamente cuándo todo empezó a pesar tanto.
Mesa Soto elige la erosión porque no necesita el estallido. El fracaso aquí no
es un acontecimiento. Es un estado. Una forma de existencia.
El
alcohol entra en escena sin aspavientos. No hay escenas de derrumbe ni juicios
morales subrayados por la banda sonora -marca Nolan-. Beber forma parte de la
rutina con una naturalidad que resulta más perturbadora que cualquier
dramatización. El protagonista no bebe para olvidar —eso implicaría que hay algo para olvidar—, sino para
continuar. De ese modo sostiene el cuerpo en funcionamiento otro día más, muy
al estilo Chinaski pero sin romanticismo. La diferencia es sutil y devastadora.
La escritura opera igual: no como impulso creador ni como refugio, sino como
insistencia en algo que ya no se sostiene. Cada poema es menos una afirmación
que una forma de mantenerse en pie. Pero ni siquiera la escritura resulta
eficaz.
Cuando
aparece Yurlady, la estudiante, la película respira de otra manera, aunque no
cambia de temperatura. En ella hay algo que Óscar reconoce de inmediato: una
escritura sin poses, directa, a veces torpe, pero viva. Esa vitalidad lo
descoloca porque le recuerda lo que él ya no tiene. Aquí Mesa Soto traza,
consciente o no, un paralelismo preciso con Million Dollar Baby: igual
que Frankie Dunn no podía construir una relación real con su hija pero sí con
Maggie, Óscar no encuentra ningún puente hacia la suya y sin embargo algo
genuino emerge con la joven poeta. En los dos casos la figura paterna fracasada
se redime —o intenta redimirse— en una relación oblicua, con alguien que no le
debe nada y que precisamente por eso le devuelve algo. Eastwood lo filmaba como
tragedia con guantes de boxeo. Mesa Soto lo filma en silencio, entre poemas y
vasos de aguardiente. El mecanismo emocional es el mismo.
El
vínculo que se construye entre ambos es ambiguo desde el primer momento y en
esa ambigüedad reside la tensión más interesante de la película. Él intenta
orientarla, ofrecerle herramientas, pero el gesto no es limpio del todo.
Ayudarla se convierte en una forma de justificarse, de encontrar en otro lo que
ya no puede encontrar en sí mismo. Durante un tramo breve esa relación abre
algo: no una redención, pero sí una posibilidad mínima. Luego los equívocos se
acumulan. La cercanía se vuelve sospechosa.
Lo
que sigue es una acusación que se
construye en el ambiente, en las miradas, en lo que se insinúa sin decirse. No
hace falta que los hechos sean claros. Basta con que puedan leerse de otra
manera. Una vez instalada esa lectura se vuelve dominante y Óscar queda
atrapado en una versión de sí mismo que no controla y no puede desmentir.
Todo
esto lo sostiene un reparto que no da un paso en falso. Ubeimar Ríos construye
a Óscar desde la incomodidad corporal y la pausa, sin un solo gesto de más; es
un personaje que no se impone sino que se filtra, y eso es mucho más difícil de
interpretar que cualquier derrumbe explícito. Rebeca Andrade le da a Yurlady
una energía sin afectación que resulta completamente creíble. Guillermo
Cardona, Allison Correa, Margarita Soto y Humberto Restrepo completan un
conjunto en el que nadie desentona, nadie sobreactúa, nadie compite por la
escena. Un reparto así —invisible en el mejor sentido— es el resultado de una
dirección de actores extraordinaria y de intérpretes que confían en lo que el
silencio puede decir.
La
dirección acompaña todo con una contención rigurosa: sin música que oriente,
sin subrayados emocionales, con una cámara que observa sin intervenir. Esa
distancia no enfría la película, la vuelve más exigente. El final no resuelve
nada y es un acierto mayúsculo. Hay un intento persistente de escribir, beber, hablar, ayudar que no es
esperanza, pero tampoco derrota absoluta. Es una resistencia mínima, casi
involuntaria, que no necesita justificarse para existir. Un poeta es una
película sobre la condena de seguir siendo uno mismo cuando uno mismo se siente
mugre. Simón Mesa Soto la filma de la única manera honesta de hacerlo: sin
épica y sin piedad.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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