CRÍTICA DE CINE
Día de caza (Pedro Aguilera. España. 2026. 94 minutos)
La
pregunta queda flotando: por qué esta historia, por qué ahora y, sobre todo,
por qué así. Día de caza se expone como una revisión contemporánea de La
caza (1965), la película que le dio a Carlos Saura el Oso de Plata a mejor
dirección en Berlín y lo consagró para siempre. El gesto no tiene nada de
casual: Anna Saura, hija del cineasta, produce ejecutivamente esta versión,
rodada en las mismas localizaciones extremeñas donde su padre filmó hace seis
décadas. Sobre el papel suena a homenaje. En pantalla, a homenaje ilegítimo.
Los
cuatro cazadores originales —Ismael Merlo, Alfredo Mayo, José María Prada y
Emilio Gutiérrez Caba— se convierten ahora en tres mujeres de mediana edad,
Blanca Portillo, Rossy de Palma y Carmen Machi, que se reencuentran con la
sobrina de una de ellas, Zoé Arnao, para pasar un día cazando conejos en la
misma finca donde, según recuerda el guion sin descanso, ya ocurrió una
tragedia hace sesenta años. Lola Mayo firma el libreto junto a Aguilera, y
entre los dos introducen de todo: menopausia, alcoholismo, especulación
urbanística, hijos ausentes. Cada uno de esos temas quiere hacer el trabajo que
en la original hacía el eco de la Guerra Civil, latiendo por debajo de la caza
y el calor.
El
problema es que introducir temas no es lo mismo que desarrollarlos. Saura sabía
callarse; aquí nadie se calla nunca. Cada conflicto se subraya, se nombra, se
explica, como si el guion desconfiara de que el espectador vaya a pillarlo
solo. Se acumulan asuntos sin que ninguno llegue a pesar de verdad, y al final
ni siquiera queda claro para qué hacía falta volver a contar esto. Mejor ni
valorar el final de la cinta.
Con
un reparto así, cabía esperar que la química hiciera el resto. No aparece.
Portillo, De Palma y Machi actúan como si llevaran gritando toda la película
desde el minuto uno: todo es grande, todo es evidente, nada se guarda para más
adelante. Se pierde justo lo que hacía insoportable el desenlace de Saura, que
golpeaba porque antes había habido silencio.
Tampoco
ayuda la forma. La luz no acompaña ni siquiera el calor asfixiante que la
propia trama repite como si fuera un mantra, y la dirección se conforma con ir
detrás de la historia sin proponer nada. Que una obra se actualice no significa
que tenga que copiarse a sí misma sesenta años después con otro reparto;
significa encontrar una mirada nueva. Esa mirada no aparece en ningún
fotograma.
Quizás
el problema de fondo sea que la película necesita todo el rato apoyarse en
Saura para sostenerse, y cuanto más lo intenta, más se pierde. Busca
legitimidad citando el original y acaba naufragando en la obviedad.
Rehacer
un clásico no es el problema —hay remakes que encuentran una voz propia y
justifican su existencia de sobra—. El problema es que, cuando se encienden las
luces, sigue sin estar claro qué tenía esta versión que decir que Saura no
dijera ya, y mejor, hace sesenta años.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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