CRÍTICA
DE SERIE DE TELEVISIÓN
El chico de la última fila (Kim Kyu-tae. Corea del Sur. 6 capítulos de cerca de 1h
cada uno. 2026).
El chico de la última fila es una miniserie surcoreana de seis episodios dirigida por Kim Kyu-tae y protagonizada por Choi Min-sik y Choi Hyun-wook. Adapta la obra de Juan Mayorga, estrenada en Madrid en 2006. Antes de llegar a Netflix, el texto ya había encontrado un recorrido poco habitual en Corea del Sur. Su primera representación tuvo lugar en 2015 y, desde entonces, volvió a los escenarios en 2017, 2019, 2024 y 2025, siempre con nuevos repartos y una respuesta muy favorable de la crítica y del público. Pocas obras extranjeras logran mantenerse con tanta continuidad en la cartelera de un mismo país. Ese recorrido ayuda a comprender por qué la plataforma apostó por una producción coreana. Cuando François Ozon llevó la obra al cine con En la casa (Dans la maison 2012), el conocimiento acumulado del texto era muy distinto. Existe además una coincidencia significativa. Un nuevo montaje teatral previsto para julio de 2026 fue cancelado pocas semanas antes del estreno de la serie por unos imprecisos «cambios inesperados en el entorno de producción». La proximidad entre ambos acontecimientos invita a pensar que la convivencia entre la producción teatral y la adaptación de Netflix no resultaba sencilla. En cualquier caso, el estreno de la serie terminó desplazando toda la atención.
Choi
Min-sik ofrece la interpretación más sólida del reparto. Su Heo Mun-oh,
profesor y novelista frustrado, transmite con convicción el resentimiento hacia
un antiguo compañero convertido en escritor de éxito, el distanciamiento
respecto a sus alumnos y la necesidad casi desesperada de encontrar en otro el
talento que siente haber perdido. Buena parte de la credibilidad del personaje
nace del trabajo del actor más que de un guion que, en ocasiones, simplifica
muchos conflictos. Choi Hyun-wook compone un Lee Kang convincente y mantiene
el misterio que exige el personaje, aunque la escritura termina reduciendo
parte de la ambigüedad que la interpretación consigue sugerir.
Las mayores dudas aparecen en la puesta en escena. Kim Kyu-tae insiste de manera constante en la idea del voyeurismo mediante cámaras que observan desde rendijas, reflejos, puertas entreabiertas o encuadres que buscan convertir al espectador en un observador clandestino. El recurso resulta eficaz en los primeros compases, pero pierde fuerza por su repetición. La acumulación de estos efectos acaba confundiendo intensidad visual con profundidad dramática. François Ozon construía la misma sensación de intromisión con una puesta en escena mucho más contenida, donde la cámara apenas necesitaba hacerse notar. En la serie coreana ocurre lo contrario: el estilo visual reclama continuamente la atención y termina imponiéndose sobre la historia.
Ese
desequilibrio responde a una cuestión de fondo. La adaptación parece confiar
menos en la fuerza del texto de Mayorga que en los recursos propios del
thriller televisivo. En la obra bastaban una redacción, una lectura en voz alta
o un silencio para sostener la tensión dramática. Aquí aparecen subtramas
familiares, conflictos matrimoniales, giros narrativos, robos de ideas, un crimen, venganza, mentiras, música insistente y una
realización mucho más enfática. La historia pierde parte de
la precisión que caracterizaba al original.
La
intención consiste en utilizar la estructura creada por Mayorga —el profesor,
el alumno y la redacción convertida en obsesión— para desarrollar un relato de
intriga con un mayor peso de la venganza y del suspense. Esa ampliación
introduce nuevos conflictos y multiplica las líneas argumentales, aunque
también transforma progresivamente la naturaleza del relato. La ambigüedad
moral que hacía tan incómoda la obra teatral va dejando paso a mecanismos mucho
más convencionales, próximos al peor drama televisivo.
El
resultado es una serie sostenida por un reparto de nivel y por una premisa
que no mima su atractivo inicial -el hecho de que ahora el alumno sea universitario podía funcionar-. Toda la propuesta termina alejándose precisamente de los elementos que
explicaban su singularidad. La acumulación de tramas, recursos visuales y
explicaciones acaba sustituyendo la tensión que Mayorga construía con muy pocos
elementos. La serie aspira a ampliar el universo de la obra, pero en ese
proceso pierde parte de la intensidad que la convirtió en una de las piezas
teatrales más estimulantes de las últimas décadas.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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