ESTE CUORE, MELINGO

 


ARTÍCULO DE OPINIÓN

Para Pablo Vargas

Daniel Melingo murió el 30 de junio, a los 68 años, en su piso de Chacarita. Lo encontró uno de sus hijos. Llevaba tiempo enfermo, con cuidados paliativos en casa por una dolencia respiratoria, y sin embargo hasta hace tres semanas hablaba de un disco nuevo, de una orquesta típica, de un vino propio. Esa es la noticia. Lo que sigue no lo es: es lo que a mí me dejó.

Conocí a Melingo por un antiguo alumno mío.  Fue a la salida de clase, en la escuela de cine, después de una de esas jornadas que dejan la cabeza llena de encuadres, frases de guion y fragmentos de películas. Tomamos unas “chelitas”, como a él le gustaba decir, y en algún momento pusimos unaa canciones. Era de un disco que me pareció original, canalla, salvaje, sentido, íntimo, todo a la vez: Santa Milonga. Dentro de ese disco había un tema titulado «Este cuore», un poema lunfardo extraordinario —lo escribió Julián Centeya; Melingo lo tomó y le puso música, cuerpo— que escuchamos cincuenta veces seguidas aquella mañana envuelta en tarde y noche, cada vez más prendados de algo que no sabíamos explicar. El lunfardo tiene eso: es magnético, y cuanto más se repite, más parece que uno lo entiende y se protege con él.

Por esas coincidencias -que  algunos denominan destino-, el sábado anterior,  Babelia, había publicado un artículo sobre una exposición de León Spilliaert en París. Vi el autorretrato y fue como verme a mí mismo en descomposición. Mi alumno, que había vivido muchos años en París y tenía piso, me había invitado en numerosas ocasiones y yo siempre había puesto alguna excusa. Esa vez no. Acepté de inmediato, arrastrado por un arrebato enigmático entre Spilliaert y Melingo.

Y allí fui. ¿Fue casualidad que Melingo presentara Santa Milonga justo entonces, en el Café de la Danse? No lo sé, y tampoco me importó averiguarlo. Allí estaba él, con la pierna rota, cantando igual y brindando. Un tipo curioso y amable. Fue esa noche cuando supe que había tocado con Los Toreros Muertos, durante su paso por España a mediados de los años ochenta, antes de fundar Lions in Love. Hablamos poco, pero fue una conversación embriagadora, de esas que se sienten más largas de lo que fueron.

Al día siguiente recorrimos un París lluvioso con un discman en la mano, repitiendo sin cesar «Este cuore», esa canción que nos verdugueaba. Fuimos a Père Lachaise, seguimos los itinerarios de Truffaut y de Jim Morrison. Vimos sus casas e imaginamos cosas. Nos imaginamos hacer un documental sobre el rodaje de Los cuatrocientos golpes con música de Melingo, justo para ir a la contra. En uno de los cafés a los que solía ir Morrison, quizá donde murió o donde iba con Agnes Varda,  leí algunas páginas de lo que estaba escribiendo sobre él en ese París que ya no era el mismo pero que me parecía habitar. ¿Por qué había tantas lagunas sobre Morrison? Después seguimos caminando, buscando quesadillas y ofertas de 2x1, como dos estudiantes que no querían que se acabara el día. Aquel no era el París que yo había imaginado. Era otro. Y ese otro tenía, de fondo, la voz rota de Melingo y los textos de Artaud.

El viaje terminó y seguí sus discos después, claro. Pero es su muerte la que me devuelve a aquel yo que fui en ese viaje, ese que era otro y que, en algunas cosas, todavía reconozco. En otras, ya no. Gracias, Melingo. Por el poema de Centeya que hiciste tuyo. Por la pierna rota que igual cantó. Por ese “cuore poligriyo” que tantas veces nos prestaste.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 

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