Obsession
(Curry Barker. Estados
Unidos. 2025. 110 minutos).
Desde
La pata de mono (1902), el célebre relato de W. W. Jacobs, hasta Big
(1988), de Penny Marshall, la vieja fantasía de obtener aquello que uno anhela
suele esconder una trampa. En aquella película, un niño desea convertirse en
adulto y descubre que cumplir exactamente su sueño no resuelve ninguno de sus
problemas; simplemente los sustituye por otros nuevos. Obsession (2025),
el segundo largometraje de Curry Barker tras el éxito viral de Milk &
Serial (2024), parte de una intuición muy parecida —el propio director ha
reconocido que la idea le llegó viendo un episodio de Los Simpson en el que
Homer se topa con una pata de mono—, aunque la traslada al terreno del terror:
¿qué sucede cuando la persona que deseas se enamora de ti porque una fuerza
sobrenatural la obliga a hacerlo? La respuesta no tarda en aparecer, y es mucho
más inquietante que romántica.
Barker
demuestra desde el principio que conoce bien el género. La película juega con
ideas que remiten inevitablemente a Escalofrío en la noche (Play
Misty for Me, 1971), de Clint Eastwood; a Cómo ser John Malkovich (Being
John Malkovich, 1999), de Spike Jonze; y, por supuesto, al relato de
Jacobs. No hay nada de malo en ello; el cine siempre ha crecido apropiándose de
historias anteriores. Lo que cuesta encontrar aquí es el momento en que todas
esas influencias dejan de ser reconocibles para convertirse en una mirada
propia. Obsession está bien construida, pero parece estar siempre
dialogando con otras películas y muy pocas veces consigo misma.
Quien
consigue romper esa sensación es su protagonista femenina. Su interpretación
aporta una intensidad que el guion solo alcanza a ratos. Conforme el personaje
pierde el control sobre su cuerpo y sobre su identidad, la actriz encuentra
pequeños gestos, cambios de tono y una fisicidad que sostienen escenas que,
sobre el papel, resultarían bastante más convencionales. Es, con diferencia, el
mayor acierto de la película.
La
primera mitad funciona mejor que la segunda. Barker administra con habilidad la
aparición de lo sobrenatural y sabe prolongar la incomodidad sin precipitarse.
Después, sin embargo, la película empieza a girar sobre el mismo mecanismo. Las
escenas cambian, pero la sensación dramática apenas evoluciona.
Resulta
inevitable acordarse de Milk & Serial (2024), la película con la que
Barker llamó la atención hace apenas un año. Allí el bajo presupuesto obligaba
a inventar soluciones y esa necesidad terminaba convirtiéndose en parte del
atractivo del conjunto. En Obsession vuelve a apreciarse esa economía de
medios, aunque esta vez el ingenio visual no siempre compensa la modestia de la
producción. Hay oficio, pero todavía no aparece esa personalidad capaz de
transformar una limitación en una verdadera virtud estética.
La
pregunta de fondo que deja Obsession es si mezclar influencias
reconocibles equivale, por sí solo, a hacer algo nuevo. La respuesta, a juzgar
por esta película, es que no. Sin una síntesis propia que transforme sus
fuentes en otra cosa, el resultado es una suma de citas identificables antes
que una obra con personalidad. Se agradecen los juegos metafóricos con la enfermedad mental e incluso con esas deleznables prácticas de abusos por medio de las drogas, pero se queda lejos de profundizar en las mismas. Obsession funciona como ejercicio que busca estilo, con ritmo, con una idea atrayente y como vehículo de lucimiento para su
protagonista, pero como propuesta de terror no aporta nada que el género no
haya dicho ya, y mejor.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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