CRÍTICA
DE ENSAYO
Pánico
y ternura
Autora:
Paz López.
Editorial:
Lumen.
Año:
2026.
Páginas:
135.
Pánico
y ternura tiene fuerza. Toca algo con lo que convivimos a diario y
que cuesta explicar: ese instante en que el miedo y el afecto se rozan y ya no
queda claro cuál sostiene al otro. Paz López escribe sin resguardarse detrás de
una tesis, algo raro en el ensayo de hoy, tan aficionado a mantener a salvo la
propia voz. Aquí la voz queda a la intemperie, y de esa intemperie sale casi
todo lo bueno del libro.
Hay
una imagen que acaba imponiéndose poco a poco: la madre como primer enigma,
como el primer signo que hay que aprender a descifrar. Por eso la infancia
nunca funciona como anécdota entrañable; es más bien un terreno que se sigue
excavando. La relación con la hermana y la playa, que reaparece página tras
página casi como un estribillo, cumplen la misma función: no decoran el texto,
lo empujan. Son lugares que se repiten hasta volverse símbolo sin perder su
temperatura de recuerdo real, el detalle concreto que impide que se conviertan
en frase bonita.
A ese
fondo biográfico se suma un catálogo de lecturas que es uno de los grandes
hallazgos del libro: Georges Perec, Nick Cave, Francesca Woodman, Pier Paolo
Pasolini, Susan Sontag. Ninguno aparece como cita de autoridad sacada de un
fichero. Se nota que son compañía de años, gente con la que López ha discutido
en voz baja mientras escribía, y por eso las lecturas entran en el ensayo sin
forzar la puerta. Lo que le pasó a Perec —esa vida cruzada por la ausencia, esa
manía de inventariarlo todo para que nada se perdiera del todo— acaba resonando
con el proyecto entero del libro: nombrar lo frágil antes de que se escurra
entre los dedos. Paz López vuelve a ese gesto en distintas ocasiones: tomar una
vida ajena, una imagen, un fragmento de obra, y dejarla funcionar como espejo
sin que se note el artificio.
El
libro entra de lleno en el reverso de la ternura: la infidelidad, los celos, el
dolor concreto de descubrir. Las páginas sobre las caricias están entre lo
mejor del libro, capaces de sostener a la vez la delicadeza del gesto y la
amenaza que puede llevar dentro. Ahí asoman Philip Larkin, con su desconfianza
hacia el amor doméstico, Virginia Woolf y Natalia Ginzburg, dos maneras muy
distintas de habitar una casa y una ausencia, y también Claudio Magris y el
cine de Michael Haneke, cuya frialdad quirúrgica funciona como contrapeso justo
cuando el libro se ha acercado demasiado. Cada nombre está ahí porque el
argumento lo necesitaba, no porque hiciera falta lucir estantería. Quizás lo
más incómodo del libro sea justo esto: no separa ternura y celos como si fueran
opuestos, sino que los muestra como dos caras del mismo gesto de atención hacia
el otro, que según el día protege o vigila.
Un
tramo dedicado a Francesca Woodman traza una relación inesperada con la pintura
de Manet, de esas conexiones que solo se le ocurren a alguien que lleva años
dándole vueltas al cuerpo desde el arte. La vida de Woodman, tan corta y tan
intensa, es una de esas vidas que el cine todavía no ha sabido contar, y el
libro la trata con el cuidado de quien sabe lo fácil que sería contarla mal.
Massimo Recalcati y J.G. Ballard —este último casi una marca de agua en toda la
escritura de López— completan el fondo de referencias: Recalcati pone el
vocabulario del deseo y la falta, Ballard esa distancia clínica que evita que
el libro se ablande de más.
La
prosa no tiene prisa. Avanza por asociación, casi a la deriva, más cerca del
pensamiento cuando todavía se está formando que del argumento ya concluido.
Eso invita a leer despacio, a detenerse en frases que en un ensayo más
convencional pasarían de largo. El libro no busca convencer a golpe de dato ni
de cita blandida como argumento de autoridad; busca contagiar una forma de
mirar. Es una apuesta arriesgada —podría dispersarse, perder el hilo— pero se
sostiene gracias a dos o tres preguntas que vuelven ensayo tras ensayo, con
variaciones mínimas, lo justo para que el libro se sienta acumulativo y no
repetitivo, como quien vuelve sobre la misma herida hasta entenderla un poco
mejor.
El
pánico no aparece como episodio puntual ni como diagnóstico: es más bien una
atmósfera que envuelve cualquier forma de apego, el miedo de fondo a perder lo
que se ha tocado, a que la ternura entregada no vuelva, a que el otro deje de
ser reconocible de un día para otro. El libro no lo calma ni lo aconseja; lo
deja ahí, expuesto, como parte del precio de acercarse a alguien. Esa
honestidad, la de negarse a ofrecer sosiego cuando el propio argumento no lo permite, es una de las razones por las que el libro cala hondo.
Pánico
y ternura, no funcionan como estados que se turnan sino
como una sola tensión. Reconocer la fragilidad propia y ajena abre la puerta a
otro tipo de vínculo, pero también obliga a soportar la intemperie de estar
expuesto. El libro no regala consuelo fácil ni promete que nombrar el afecto lo
vuelva menos peligroso. Al revés: cuanto más se acerca a describir esa zona
pantanosa entre el amor y el dolor, más claro queda que ahí, justo ahí, merece
la pena quedarse a pensar.
Cuando
se cierra, quedan ganas de volver a Perec, a Woodman, a Ballard o a Larkin.
Pero queda algo más difícil de explicar: la sensación de haber leído a alguien
que todavía sigue haciéndose preguntas. Extraordinario.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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